Violencia en la ciudad
Con sólo catorce años, le dio a su mejor amigo 40 puñaladas en el baño de la escuela y declaró cómo lo había hecho. De pelo castaño claro, con lentes, piel blanca y una sonrisa perenne. No habló durante el juicio. Siquiatras y sicólogos trataron inútilmente de probar que no estaba en su cabal juicio en el momento del homicidio, por lo que piden que se le conmute la sentencia. Durante el juicio desfilan personas para testificar que hacen revivir el drástico episodio ante los padres de ambos adolescentes, mientras una y otra vez muestran una carita de la víctima que cautiva por sus ojos y su sonrisa.
Después de deliberar cuatro horas, el jurado da su veredicto: Culpable de homicidio. Las cámaras logran captar el momento en que retiran del recinto al culpable sin mirar siquiera a su madre sumida en un llanto desconsolador. Del otro lado de la sala, hay llanto también, el veredicto no suple la sonrisa inocente que ya no acompañará más a la familia.
Niños y adolescentes homicidas. La escena se ha repetido en condados de nuestro estado, asolando familias, dejando huérfanos a los padres y enlutando a los amigos que se llenan de soledad.
Hace muchos años, en una isla, un grupito de muchachos se dan un chapuzón por las tardes en un proyecto de construcción abandonado que se fue llenando de agua de lluvia, con plantas y ellos creen que es un lago. Delicioso chapuzón para casi todos, menos para uno, que le tiene miedo al agua tan fría producto del estancamiento. Prefiere quedarse en la orilla y se divierte al ver a otros divertirse. Una tarde no regresó a casa y la madre presintió que algo muy malo había pasado. Los amigos no supieron decir dónde él estaba. La desesperación hizo que la búsqueda se realizara en los lugares más absurdos hasta que las miradas se dirigieron al falso lago. En la orilla estaba un short, los zapatos cuidadosamente puestos y unas monedas dentro. Lo encontraron enredado en las plantas que se balanceaban en el fondo. Había muerto de asfixia después de un ataque cardíaco. Un familiar discretamente visitó a los amigos y después de muchas promesas dijeron que el muchacho se había tirado al agua después de invitaciones veladas de amenazas para demostrar que no tenía miedo al agua fría, se había puesto mal y ellos se fueron…
No hubo juicio, ni hurado, ni culpables. Sólo una madre que nunca ha vuelto a ser la misma.
Hoy, en varios hogares, no importa el tiempo que haya pasado, hay un vacío que la justicia no puede llenar: la sonrisa de los hijos ya sean especiales, simpáticos e inocentes u homicidas.
Sólo el amor divino llena los vacíos y deja en pie la invitación:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar.” Mateo 11:28
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